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Los Sacramentos

Los sacramentos instituidos por Cristo no solamente son señales o pruebas de la profesión de los cristianos, sino más bien son testimonios ciertos y signos eficaces de la gracia y la buena voluntad de Dios hacia nosotros, por los cuales él obra invisiblemente en nosotros, y no sólo aviva sino también fortalece y confirma nuestra fe en él.

Dos son los sacramentos ordenados por nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, a saber, el Bautismo y la Cena del Señor.

Aquellos cinco, comúnmente llamados sacramentos, es decir, la Confirmación, la
Penitencia, las Ordenes el Matrimonio y la Extrema Unción, no deben contarse como
sacramentos del Evangelio, habiendo emanado en parte de una imitación corrompida de
los apóstoles, y en parte son estados de vida permitidos en las Escrituras, pero no tienen
igual naturaleza de sacramentos como la tienen el Bautismo y la Cena del Señor,
porque carecen de algún signo visible o ceremonia ordenada por Dios.

Los sacramentos no fueron instituidos por Cristo para ser contemplados o llevados en
procesión, sino para que hagamos debido uso de ellos; y sólo en aquéllos que los reciben dignamente producen un efecto u operación saludable, pero los que indignamente los reciben compran condenación para sí mismos, como dice San Pablo.

Del Bautismo

El Bautismo no es solamente un signo de profesión y una seña de distinción por la que se
identifican a los cristianos de los no bautizados, sino también es un signo de regeneración o renacimiento, por el cual, como por instrumento, los que reciben debidamente el Bautismo son injertados en la Iglesia; las promesas de la remisión de los pecados y de nuestra adopción como hijos de Dios por medio del Espíritu Santo, son visiblemente señaladas y selladas; la fe es confirmada y la gracia aumentada, por virtud de la oración a Dios.

El bautismo de los niños, como algo totalmente de acuerdo con la institución de Cristo, debe conservarse de cualquier forma en la Iglesia.

De la Cena del Señor.

La Cena del Señor no es sólo un signo del mutuo amor que los cristianos deben tener entre sí, sino, más bien, es un sacramento de nuestra redención por la muerte de Cristo; de modo que para los que debida y dignamente, y con fe, lo reciben, el Pan que partimos es una participación del Cuerpo de Cristo y, del mismo modo, la Copa de bendición es una participación de la Sangre de Cristo.

La transubstanciación (o el cambio de la substancia del pan y del vino) en la Cena del
Señor no puede probarse por las Sagradas Escrituras; más bien repugna a las sencillas
palabras de las Escrituras, destruye la naturaleza de un sacramento y ha dado ocasión a
muchas supersticiones.

El Cuerpo de Cristo se da, se toma y se come en la Cena de un modo celestial y espiritual
únicamente, y el medio por el cual el Cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena,
es la Fe.

El sacramento de la Cena del Señor no se reservaba, ni se llevaba en procesión, ni se
elevaba, ni se adoraba, por ordenanza de Cristo.

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